"Donde lo cereal casa
con el olivar, el viñedo y la huerta;
donde el agua y el vino no
sólo no son antagonistas,
sino que se hermanan en su
escudo heráldico representados
por una tinaja y una fuente."
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LA
GEOGRAFÍA
Se acuesta Solanillos en terreno
agreste, movido, todavía en las primeras revueltas que va haciendo
el arroyo de su nombre, dirigiéndose hacia el Tajo. Pertenece su
término a la Alcarria, una de las comarcas más representativas
de la provincia de Guadalajara, y como en toda ella aparecen aquí
llamadas cerealistas, suaves lomas por las que crece el olivar, y breves
valles en los que un regato alumbra el agua que nutre pequeños huertos.
Volcada su geografía de arcillas y bosquecillos hacia el valle del
Tajo, que no lejos de aquí pasa todavía agreste y retenido
por el embalse de Entrepeñas, si alguien quiere saber, con profundidad
y esencia, cual sea el paisaje de la Alcarria, puede venir a Solanillos
y simplemente mirar en su torno.
LA HISTORIA
¿Qué decir de la historia
de Solanillos? Son escasos los datos concretos que nos han quedado
de su devenir pretérito. Es sin duda uno de esos múltiples
lugares que surgieron nuevos en la etapa de la repoblación, cuando
en el siglo XI, a finales del mismo (hacia el año 1085), la comarca
entera fue conquistada de forma definitiva a los árabes por parte
de las tropas del reino cristiano de Castilla. Sabemos que perteneció
al Común de Villa y Tierra de Atienza, pues dentro de los límites
geográficos del mismo es mencionado cuando se definen las fronteras
de ese Común en el texto del Fuero de Atienza. Formó
parte del extremo meridional de dicho territorio, por lo que adquirió
el nombre, de estirpe claramente castellana, y alusiva a su lugar de emplazamiento,
en un breve 1lano entre cerros, y a su situación extrema dentro
del conjunto del territorio histórico atencino debe su apellido.
Eso de llamarse Solanillos "del Extremo" le viene de haber quemado en la
parte más alejada, o extrema, del gran territorio comunal de Atienza.
Toda la Edad Media permaneció
en el Común atencino. Eso significaba que sus "hombres buenos" tenían
la capacidad de votar, de vez, en cuando, por sus representantes en el
Consejo de Gobierno de la villa castillera de Atienza, tan lejanas para
ellos desde estas latitudes. Y, al mismo tiempo, tenían una serie
de derechos que no les venían nada mal. Por ejemplo: en caso
de un ( ya improbable) ataque de los árabes que todavía en
el siglo XII permanecían ocupando la zona de Cuenca y de la orilla
izquierda del Tajo, el ejército comunero de Atienza vendría
a defenderlos. Y, por otra parte, tenían derecho al uso de los bosques
y pastos comunales del amplísimo Común, por lo que con sus
ganados podrían ir los hombres de Solanillos a pastar por sierras
más frescas y húmedas, hasta la misma Sierra a la que alcanzaba
el límite norte de Atienza. Todos los privilegios que los reyes
habían donado a los hombres de Atienza, por aquello del apoyo prestado
a los monarcas en guerras y calamidades, también tocaban a los de
Solanillos, por lo que así vivieron, felices y sin mayores problemas,
durante largos siglos.
La historia (al menos la que se
cuenta en los libros), cambió radicalmente en el último cuarto
del siglo XV. Concretamente en 1478 Solanillos pasó a pertenecer
al señorío condal de los Silva, condes de Cifuentes, pasando
siglos después, por lazos familiares, a las casas de los duques
de Pastrana, y luego de los del Infantado.
Don Juan de Silva, hombre de guerras
y de letras, en el reinado de Juan II, en la primera mitad del siglo XV,
fue el iniciador de esta familia de condes cifontinos. De la sucesión
de nombres y personajes que conforman el mayorazgo del condado de Cifuentes,
podrían sacarse pintorescas historias. Todos sus titulares fueron
gente destacada en las armas, las letras y las cortes españolas
de los siglos modernos. Recordaremos en breve relación, al
primer conde, don Juan de Silva, que fue mayordomo de la reina Doña
María, alférez mayor de Castilla y miembro del Real Consejo.
Su hijo don Alfonso de Silva, segundo conde, alcanzó también
el cargo de alférez mayor de Castilla con Enrique IV, participando
en las guerras civiles de su reinado, y viviendo largos años en
su villa de Cifuentes, paseándose a menudo por estos campos de Solanillos.
El tercer conde fue don Juan de Silva, también alférez mayor
del reino, que colaboró notablemente con los Reyes Católicos
en la guerra de Granada, siendo su capitán general; aumentó
notablemente los territorios de su señorío cifontino, y fundó
el famoso convento franciscano de su villa. El cuarto conde sería
don Fernando de Silva, que prestó notable apoyo al Emperador Carlos
y a los flamencos en la guerra de las Comunidades de Castilla. Fue luego
nombrado embajador imperial en Europa, y capitán de los ejércitos.
Favoreció con su fortuna a Cifuentes, realizando obras y fundaciones
en la capital del señorío. Su hijo don Juan de Silva,
quinto conde, acompañó a Carlos V en sus viajes por Europa.
El sexto fue también llamado don Fernando de Silva, alcanzando el
grado de capitán de Guardias de Castilla, y luchando con éxito
en el norte de África. El séptimo conde, don Juan Baltasar
de los Reyes, enfermizo como su padre y abuelo, murió muy joven,
sin dejar descendencia masculina. Tras su muerte se entablaron largos
pleitos familiares por la posesión del condado de Cifuentes. A comienzos
del siglo XVIII, era conde don Fernando de Silva Meneses, quien durante
la Guerra de Sucesión se puso al lado del archiduque de Austria,
en contra de los Borbones. Al terminar la contienda, estos le desposeyeron
de títulos y bienes, destruyendo por completo su palacio cifontino,
que ocupaba parte de la plaza mayor de Cifuentes, frente al edificio concejil,
sembrando de sal su solar.
Hasta
un siglo después se sucedieron los condes y condesas, que por cortesanos
apenas venían por sus tierras alcarreñas, sino alguna vez
a disfrutar de las aguas minero-medicinales de Trillo, junto al Tajo, o
a cobrar los impuestos (siempre suaves) debidos por sus vasallos. Todo
ello acabó cuando la Guerra de la Independencia y las contemporáneas
Cortes de Cádiz, en las que se abolieron los señoríos
particulares, y se dotó a todos los Ayuntamientos de España
de una autonomía propia que aún hoy les continúa.
EL ESCUDO HERÁLDICO
Tiene Solanillos del Extremo un
escudo heráldico municipal que es símbolo resumido y concentrado
de la historia, la tradición y las esencias del pueblo. Como corresponde
a los municipios castellanos que han querido darse a sí mismos un
símbolo blasonado para utilizarlo como emblema resumido de la historia,
el patrimonio y el costumbrismo, Solanillos ha desarrollado el escudo que
ya es utilizado habitualmente y hoy luce en cada esquina de la villa.
Trátase de un escudo español,
partido, en cuyo primer cuartel aparece, con fondo de plata, una gran tinaja
de vino en su color propio. Y en el segundo cuartel, con campo de gules
(color rojo) aparece una fuente de piedra en plata.
Todo ello se timbra por la corona
real cerrada. Es una bonita manera de resumir el ser de Solanillos:
el vino y el agua. El primero, sacado de sus bodegas ancestrales, en las
que antes entró en forma de
mosto de la uva pisada que se cría
en abundancia (hace siglos mucho más) por los viñedos soleados
del término. El segundo, surgiendo de manantiales y fuentes, una
de ellas en el mismo pueblo, conseguida poner tras esfuerzos comunitarios
en años pasados. Unos colores y unos metales adornando el escudo
que son también el perfecto marco de su historia y su sentir.
EL PATRIMONIO
Su iglesia parroquial está
dedicada al Apóstol Santiago, teniendo al exterior un aspecto de
fortaleza y sencillez, con torre de cuatro cuerpos divididos por ligeras
impostas, siendo los muros del templo de sillar y sillarejo calizo. Preside
con su mole arquitectónica el espacio de la Plaza Mayor, siendo
su planta cruciforme, con una sola nave cubierta por bóveda con
labores de yeserías, mostrando en algunos puntos dibujados cruces
santiaguistas. La entrada se resguarda por un pórtijo o tejaroz
que sostienen tres columnas toscanas, y es un arco semicircular adovelado,
con la fecha de 1802 tallada en la piedra central, y que especifica que
es esa última restauración, y que el templo tenía
el carácter de aisilo, esto es, que cualquier perseguido por la
justicia encontraría en ella refugio y no podría ser tomado
con violencia por la autoridad. Todo el templo es, sin embargo, del siglo
XVI. Al interior sobresale el altar mayor barroco con diversas tallas
de santos, y una pila bautismal de gallones. También destaca la
antigua talla del Santo Cristo, el venerado patrón de Solanillos.
A las a afueras del pueblo permanece
en pie, y restaurada modernamente, la ermita de la Soledad, con un ábside
de planta semicircular con botareles y cornisa al exterior.
Su construcción data del siglo XV.
En la zona norte a unos trescientos
metros del pueblo, se encuentra otra ermita, ésta bajo la
advocación de Santa Bárbara cuya conmemoración se
celebra el 4 de diciembre.
Renovada en su mayor parte hace
cuatro años, tiene un bonito pórtico con arco de medio punto
y cuatro columnas.
Fuera del pueblo, en un pequeño
allanamiento de la ladera del Pozo, aparece la Fuente Vieja. Así
la llaman porque nadie recuerda cuando empezó a ser usada: tendrá
siglos, muchos siglos de existencia. Por allí cerca pasaría
el camino real que desde Madrid subía hasta Trillo, y ante ella
pararían de vez en cuando los carretones y las diligencias que llevaban
viajeros, enfermos, señorones y mercancías desde la Corte
al lugar preciado) donde las aguas medicinales más famosas de España
devolvían la salud a los enfermos (sobre todo a los del reuma invalidante
y los dolores
perennes). La Fuente Vieja
se construyó a base de piedras de sillería y tiene un firme
frontal sólido del que salen los chorros del agua permanente.
No
es difícil imaginar las escenas que Pérez Villamil pintaba
de viajeros, bandidos y recueros descansando ¡unto a las fuentes:
el calor tórrido de la España interior, se veía combatido
en estos lugares que, como la Fuente Vieja de Solanillos, aportaba sombra,
frescor y agua a las gargantas y a los pescuezos.
Para lo que no sirve –no sirvió
nunca-, el agua de la Fuente Vieja, es para aguar ese otro líquido
que forma la esencia de la villa: el vino que recogido de sus viñedos
se fragua en la oscuridad de
sus bodegas, adquiere su sabor
en las grandes tinajas y riega con generosidad las comidas de sus gentes,
muy especialmente en pocas de fiesta y alegría.
Y además de esos elementos
antiguos, venerables o simplemente tradicionales, hoy Solanillos se adorna,
como renacida, con edificios valientes y nuevos como el Ayuntamiento, que
ofrece las esencias de la arquitectura alcarreña (hasta campanillo
tiene) pero con una limpieza de perfiles que le entrega clamor y cariño
de quien le mira. El frontón por otra parte, venero del deporte,
y la nueva Plaza de Toros, que se estrenó en 1997, y que vino, con
su estructura hemicircular, a dar un nuevo viso de modernidad, una propuesta
de utilidad completa sin herir con muros innecesarios el paisaje.
Antonio Herrera Casado
Cronista Provincial de Guadalajara
Texto publicado en el libro "Encuentros
Culturales. 1998" |