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Abarca esta comarca algo más de 4.000 kilómetros cuadrados sobre el suelo provincial de Guadalajara, y puede considerarse como la más representativa y característica de ella. Ocurre que, como en el resto de las comarcas de esta tierra, parte sustancial de ella está incluida en otras provincias y comunidades autónomas diferentes. Efectivamente, si la mayor parte de la Alcarria queda en Guadalajara, ciertos retazos de la misma se incluyen en los territorios de Cuenca y Madrid. No obstante, en las divisiones administrativas de siglos pasados, la Alcarria perteneció siempre a la jurisdicción de Guadalajara. Sus límites vienen marcados,
de una parte, por los propios provinciales. Al norte se limita por
el río Henares, alcanzando todas las tierras y pueblos de su orilla
derecha, desde Guadalajara hasta Baides, y por el sur salta los límites
del Tajo, hasta Trillo.
Se trata en todo caso de un conjunto geográfico bien caracterizado, consistente en un gran llano o alta meseta, que ronda los mil metros de altura, surcada por los valles que forman los ríos Tajo y Tajuña, Guadiela y otros afluentes menores, que llevan en sus nombres expresivos la descripción de su tarea, "tajador y cortante" de la tierra áspera. Las escasas elevaciones que surgen en la misma, tienen aspectos de mesa, o "cerro testigo", producto de la erosión de siglos. Esos dos paisajes caracterizan plenamente a la Alcarria: el del páramo y el del valle. Entre ambos, aparece la típica "cuesta", formación de tránsito. El suelo es de tierras rojizas, con tonalidades rosáceas, matizadas por el verde-azulado de los olivares, encinares y escasos robledales, así como las oscuras líneas de los chopos y olmos junto al serpeante cauce de los ríos. Significativo de este paisaje alcarreño es Mantiel, de ya escasa población al igual que en la comarca, siendo aquella regresiva y con un envejecimiento notable, llegando a despoblarse en los últimos años algunas aldeas. Por cuanto se refiere a la economía, la zona es totalmente agrícola, fundamentalmente cerealista, y de productos varios en las estrechas huertas. La industria, muy salpicada y de escasa monta, se distribuye por otras villas mayores, a excepción de Guadalajara, que capitaliza en sus polígonos industriales la mayor parte de esta actividad. La ganadería es de volumen familiar, y la miel, antaño la mejor de España, sigue siendo de excelente calidad en Mantiel, cuyo término, rodeado de olivares en abundancia, tomillares y monte bajo, ofrece también buen aceite. Intima conexión con Mantiel presenta el embalse de Entrepeñas, con cuya construcción el río Tajo a su paso por el término de Mantiel ofrece, remansado, magníficas perspectivas. Su emplazamiento para la producción de energía eléctrica, represando las aguas del río Tajo, se realizó en un lugar especialmente angosto de su trayecto. Ya desde muy antiguo este lugar estuvo rodeado de leyendas por lo tenebroso de su entorno. En la parte baja de las llamadas "Peñas del Infierno" se encuentra aún el viejo puente de piedra que cruzaba el río. La cola del embalse alcanza unos cincuenta Kilómetros de costa al introducirse las aguas por diversos valles, formando calas y rincones rodeados de montes y pinares. Turísticamente el embalse de Entrepeñas ha sido bautizado como "Mar de Castilla" y "Costa de la Miel", sirviendo sus aguas para la práctica de la pesca (lucio, carpa) y los más variados deportes náuticos. Desde la altura de Mantiel se contemplan pues hermosos paisajes de la Alcarria, y muy en especial la unión de los valles del Arroyo de la Solana y del Tajo, rodeados de altas montuosidades cubiertas de oscura vegetación de pinos y carrascales. Se halla así inmerso Mantiel en una comarca, la Alcarria que durante los pasados siglos, fue de riqueza y dinamismo económico, con intenso aprovechamiento del suelo y generalizada artesanía autoabastecedora. En cuanto a la etimología de la palabra Alcarria no ha sido aclarada todavía. Parece derivar del vocablo "carros" que en euskera significa "el camino". También se dijo se derivaría de "alquería" o "casa de campo". Sus tierras fueron ocupadas, eso sí, por los carpetanos y olcades, pueblos de raigambre íbera, durante varios siglos antes de nuestra era. Dedicados al pastoreo fundamentalmente, les llegó la romanización sin sentirlo, y luego la invasión árabe, quedando escasas huellas de unos y otros: Millana, Illana y algún otro nombre recuerdan la lengua del Lacio; Almonacid, Albalate, son caminos también que recuerdan lo beréber. Pero la vida auténtica de esta tierra se inicia a partir del siglo XII, cuando tras la reconquista cristiana el reino de Castilla, en plena expansión, vigoroso y constructivo, llena de gentes, pueblos y de vida tan vasto territorio. No sólo las feraces vegas, sitio los secos barrancos y las inclementes alturas se llenan de aldeas.
Al Común de la tierra de
Cuenca perteneció Mantiel, tras la reconquista de la zona, usando
su Fuero, y marcando su frontera occidental, que corría a lo largo
del arroyo de la Solana, en la actual provincia de Guadalajara. Pasó
luego a la familia de los Carrillo y Acuña, dueños de parte
de la Alcarria en la margen izquierda del Tajo, y fue en 1485 que don Lope
de Acuña vendió este lugar a don Iñigo López
de Mendoza, primer conde de Tendilla, en cuyos sucesores, los marqueses
de Mondéjar, permaneció hasta tiempos recientes, pero siempre
en la jurisdicción y régimen foral de Cuenca.
Una sencillez, que se configura ya como una de las señas de identidad de este pueblo, inmerso, como tantos otros, en una comarca, La Alcarria, de estructura uniforme, en la que van ahondando los valles de ríos que labran feraces vegas, y amenos rincones de vegetación exuberante. Texto elaborado a partir de la obra “Crónica y Guía de la Provincia de Guadalajara”. Texto publicado en el libro "Encuentros
Culturales. 1997"
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