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Largos años desasistido y
silencioso, tras los siglos que le vieron crecer y dar cobijo a millares
de entusiastas frecuentadores, en esta hora quiere de nuevo surgir y ofrecerse
a la comunidad entera, con un afán de utilidad para la salud y el
descanso. Ante esa perspectiva generosa, no estar de más
rememorar la historia de esta institución, de este lugar maravilloso
de la tierra de Guadalajara.
Una historia sucinta Se ignora cuál fue el tiempo en que comenzaron a usarse las aguas medicinales de Trillo. Hay quien dice que ya los romanos las apreciaron. Es por darle abolengo, porque no consta en parte alguna. Pero si es por acharcarle antigüedad, es posible que ya los iberos, los habitantes de la cercana ciudad de Capadocia, de la que hoy se ven importantes ruinas en el cercano "cerro de Villavieja" las usaran, o incluso pusieran su hábitat tan cercano a los manantiales de tan utilísimo elemento. Lo cierto es que hasta el siglo XVII no aparecen claras referencias al poder curativo de las aguas que manaban de diversas fuentes en la orilla izquierda del Tajo, junto a Trillo. En ese siglo se refirió ya un caso de curación por su uso. Y entonces también se usaban para curar y macerar el cáñamo cultivado en los campos cercanos y en la vega de Ovila. Fue en el siglo XVIII cuando se generalizó su uso, y sus propiedades curativas adquirieron fama a pesar de usarlas en charcas inmundas y malolientes donde quedaba remansada el agua del manantial del Rey. Allá fue, sin embargo, en busca del remedio a su quebrantada salud, el decano de Consejo de Castilla, don Miguel María de Nava, quien lo encontró tan útil y quedó tan satisfecho, que a su vuelta a la Corte movió la causa de aquel lugar, interesándole al mismo rey Carlos III, de quien consiguió la ayuda necesaria para poner en uso público este lugar y sus beneficiosos productos. Era el año 1 770. En ese momento bien puede decirse que se inició la vida, conocida y multitudinaria, de los baños de Trillo. A esta curación se añadió la de la condesa de Cifuentes, por entonces señora del lugar, por serio también de la villa de Trillo, que había ido en el verano a recibir las aguas y barros del manadero trillano. Su entusiasmo en la Corte se unió al del ilustrado Nava. Y así fue que inmediatamente, y con los presupuestos generosamente dotados por el gobierno de Carlos III, se iniciaron los trabajos de apertura de nuevos manantiales y construcción de edificios que albergaran las piscinas o baños, y algunas salas para recogerse los enfermos y bañistas. Se construyeron, pues, los edificios llamados del Rey (que recogía en su piscina las aguas del manantial del mismo nombre, el primero conocido y utilizado) y los de la Princesa, la Piscina, el Hospital y la Condesa. El entusiasmo de Nava, nombrado director del establecimiento, llevó a realizar estudios científicos del agua y la flora del lugar, muy en línea de lo que el espíritu de la Ilustración pretendía para renovar por completo la sociedad y sacarle el mayor provecho a la naturaleza. Así fue que en 1777 viajó a Trillo don Casimiro Ortega, ilustre profesor y naturalista que estudió a conciencia el lugar, dejó escrita una memorable obra, maestra en su género, titulada Tratado de las aguas termales de Trillo, y en la que, al comienzo de su científica descripción, nos pinta así el lugar: Todo el sitio que ocupan estos Baños, está aplanado y hermosamente adornado de calles de árboles plantados nuevamente, que llegan de un edificio a otro, para la recreación y saludable paseo de los que toman las aguas, con asientos de piedra colocados a proporcionadas distancias. Muerto Nava unos años después, no volvió nadie a preocuparse de mantener aquel balneario, deteriorándose paulatinamente. Y así ocurrió que ya en 1802 presentaban edificios y entorno un deplorable aspecto de abandono. Por entonces se inició lo que podríamos llamar segunda etapa de los Baños, con el Interés demostrado hacia ellos por el Obispo de Sigüenza, don Inocencia Vejarano, quien proyectó cercarlos por completo con una valla de piedra y construir nuevos baños y hospederías. Así en 1804 se levantó por iniciativa de este Obispo el edificio para baños de pobres y militares, al que llamaron desde entonces del Príncipe o del Obispo. Pero el ilustrado eclesiástico encontró muchos obstáculos y una gran apatía hacia el tema por parte de los naturales de Trillo, por lo que finalmente abandonó la empresa. La Guerra de la Independencia impuso nuevamente el total abandono del lugar, al que entre 1808 y 1814 ni siquiera bañistas acudieron. Tras esa época lamentable, todo quedó derruido y quebrado en las laderas junto al Tajo. Incluso el puente de Trillo, fue volado por la francesada, debiendo ser reconstruido enseguida, tras la contienda. Una nueva y definitiva etapa de brillantez se abrió para nuestros Baños en 1816, cuando la Junta Superior de Medicina fue creada con objeto de mejorar la situación sanitaria del país, y en 1817 comenzó a regir el reglamento para la Dirección de las Aguas Medicinales. En este contexto, fue nombrado director de los baños de Trillo don José Brull, un sabio profesor que se ocupó de reavivar la utilidad del lugar. Pero perseguido en 1622 por sus opiniones políticas, abandonó Trillo y de nuevo se produjo el abandono de las instalaciones, que fueron usándose de forma casi espontánea. En 1828 se nombró director a don José Montero, que falleció a poco de llegar al lugar, y en 1829 era puesto en esta función directiva don Mariano José González Crespo, quien acometió, a lo largo de un dilatado mandato, las definitivas reformas y organización, que llevaron a los Baños de Trillo a ser muy frecuentados y conocidos en toda España.
Crespo arregló y reedificó las construcciones antiguas, que habían llegado a encontrarse en deplorable estado. Así, el de la Piscina lo hizo nuevo, pues sólo le quedaban las cuatro paredes, y el de la Condesa también lo reedificó, pues había quedado arrasado por una inundación en 1833. Poco después, en 1835 se desecaron las charcas en que se seguía curando el cáñamo, construyendo un nuevo estanque para ello. Se levantaron dos nuevas hospederías y se llenaron de asientos de piedra los paseos, placetas y avenidas del balneario. Hasta el arbolado se renovó, plantando multitud de nuevos ejemplares. Sobre un nuevo manantial descubierto en 1830, se construyó la llamada "fuente del Director", levantando en 1840 la Casa y Hospedería de la Reina, toda ella de sillería y mampostería. Fue en ese año de 1840 que, constructivamente hablando, el director González Crespo vio culminado su empeño pudiendo decir que había dejado los baños de Trillo en perfectas condiciones de uso, "como los chorros del oro". También mejoró la sistemática de la toma de baños, moralizando las costumbres de los bañeros, modernizando cuanto se refería a la higiene, el orden y el decoro del establecimiento. Por Real Orden de 30 de marzo de 1844 se pusieron en ejecución las Ordenanzas que habían de regular la utilización de los baños. Fue el mismo González Crespo el autor de estas Ordenanzas, de las cuales hemos entresacado algunos curiosos datos. Como a partir de esta época, la mejoría en las condiciones económicas de los españoles, y la adquisición de un progresivo nivel de cultura hizo más apetecible el uso de estos baños de Trillo, González Crespo promocionó en Madrid el establecimiento mediante la publicación en 1847 de un Tratado de las aguas minero-medicinales de Trillo, aparte de la breve noticia histórica que algo antes, en 1841, habla publicado en la Gaceta de Madrid. Ello llevó finalmente a que el conocido publicista don Sebastián Castellanos de Losada escribiera y publicara con enorme éxito el Manual del Bañista en 1851, lo que posibilitó la afluencia de grandes cantidades de usuarios hacia estas aguas salutíferas. Entre los años 1844 y 1 847 se levantó en el mismo Trillo la gran "Casa de los Baños", frente al puente sobre el Tajo, en la orilla izquierda del río, allí donde se iniciaba (se inicia aún) el camino a las termas. Dedicado a la memoria de Carlos III, en este colosal edificio se instaló la Administración de los Baños, la Dirección de los mismos, y la consulta y cuarto del Médico que solía ser al mismo tiempo director. Sus enormes dimensiones le posibilitaban para albergar, en sus múltiples y espaciosas habitaciones, a diversos bañistas muy pudientes, que contaran con la posibilidad de pagar los altos precios (16 reales diarios la "suite" de primera, y 10 reales la de segunda) de las mismas. De planta cuadrada, con piso bajo y principal, múltiples ventanas y balcones, todo él de sillería en las esquinas, aún se adornaba su fachada con unas láureas pintadas en las que aparecían grabados los nombres de los más insignes benefactores y forjadores de estos baños: Brull, Vejarano, Ortega y Nava. Desde este lugar, siempre bullicioso y animado en los meses de verano, salían de continuo, y arribaban, los coches que llevaban bañistas hasta las instalaciones propiamente dichas en la curva del Tajo. Además se construyó
en la villa de Trillo la Hospedería del Refugio, que sostenía
de sus fondos la Santa Hermandad del Refugio, de Madrid, para que durante
la temporada acudieran a ella 16 pobres cada 12 días, alternando
los turnos de hombres con los de mujeres.
Llegó a haber en la villa de Trillo funcionando un hospital con doce camas para enfermos pobres, y una Hospedería, añadiendo como posibilidades de alojamiento a las habitaciones de la gran Casa de Carlos III hasta un total de 250 estancias familiares en toda la villa. La segunda mitad del siglo XIX fue la de más abundante llegada de bañistas. Y si en 1840 eran unos mil anuales, hacia 1872 se llegaron a alcanzar cifras de 1.400 y 1.600 al año.
Tras la Guerra Civil de 1936-39 los baños quedaron vacíos, y en su entorno se construyó por parte del Ministerio de la Gobernación, un Sanatorio Leprológico, de nueva factura, también muy bello y situado al interior de la montaña, pero que supuso el cese completo de la utilización de las aguas, parando poco a poco, en el transcurso de los decenios, en ruina y desolación los antiguamente bulliciosos enclaves. En esta última andadura del siglo XX, la atención de unos y otros, muy especialmente del Ayuntamiento de Trillo, se fija en la posibilidad, -en la necesidad mejor diríamos- de hacer renacer esta antigua y utilísima institución, pues las aguas medicinales de Trillo siguen brotando del fondo de la tierra, y se está perdiendo una magnífica medicina que podría ser de gran utilidad para centenares de personas afectas de los diversos tipos de reumatismo que con ellas podrían aliviarse. Las enfermedades que curaban las aguas de Trillo. Las aguas de Trillo se usaban medicinalmente de muy diversas maneras. Era la más usual en forma de baños, introduciéndose el cuerpo entero en sus estanques. Pero también se utilizaban los baños a chorro en diversas modalidades: a presión, en ducha, ele. Y por supuesto en bebida, siempre -como aconsejaba el sabio Ortega- en vasos de vidrio o de cristal. Las aguas procedentes de los diversos manantiales se mezclaban en los estanques de los diversos edificios, y en algunos como los del baño de la Condesa, se confundían las aguas de los manantiales con las del río Tajo, En el interesante libro-guía o "Manual del Bañista" de Sebastián Castellanos se especifica, como en un prospecto propagandístico, el listado de enfermedades que con seguridad mejoraban al tomar las aguas trillanas: Reumatismo, Artritis, Reumatismo artrítico, Tumores articulares, Parálisis, Anquilosis, Convulsiones técnicas y crónicas, Herpes, Erisipelas, Baile de San Vito, Sarnas, Pénfigos, Diviesos, Empeines, Tiñas, Lepras, Verrugas, Contralácteas, Heridas, Bubones, Ulceras, Melancolías, Vértigos, Hemicráneas, Oftalmías, Sorderas, Rijas, Otalgias, Asmas, Toses, Gastrodinias, Acedías, Hipocrondrías, Cólicos, Diarreas, Hepatalgias, Hemorroides, Lombrices, Neuralgias, Incontinencias, Histerismos, Dismenorreas, Leucorreas, Amenorreas [fiebres] Intermitentes... De esta prolija y polimorfa lista de achaques, que tanto recuerda a los reclamos de los actuales curanderos, como en una rueda mágica aparecen todos los padecimientos habituales del ser humano. Venían a decir, por tanto, que eran buenas para todo. El botánico y químico Casimiro Ortega, cuando realizó en 1777 su estudio sobre las aguas de Trillo, venía a concluir que, respecto a su uso medicinal, eran sobre todas beneficiosas y recomendables pero debían ser tomadas con ciertos cuidados. Estos: El bañista ha de huir de todo escaso en cualquiera línea que sea, y mantener el ánimo tranquilo y libre de ocupaciones y cuidados. A este fin se retirarán a su habitación después del baño, y se mantendrá en ella con quietud por una o dos horas, especialmente si la naturaleza está movida a sudor o alguna otra evacuación. Comer moderadamente manjares saludables y de fácil digestión. No se oponen al uso de estas aguas las frutas de buena calidad, bien maduras y comidas con moderación, especialmente cocidas, como peras, manzanas, etc. Tampoco excluyen alguna corta cantidad de vino, mayormente en los que están acostumbrados. Todo esto se entiende en los casos regulares y no en los gravísimos y extraordinarios; la cena ha de ser ligera, La Misa y demás devociones, el paseo de la tarde, un rato de conversación, u otro honesto recreo en las primeras horas de la noche ocuparán el tiempo libre, cristiana y saludablemente, lo cual conspirar también con la eficacia de las aguas, a que Dios, que es salud y vida, se la conceda al enfermo a quien convenga. No cabe duda que, con ese ritmo de vida, cualquiera recuperaba las fuerzas o la salud perdidas en el tráfico, ya por entonces muy movido y alterador, de la Corte. Los empleados de Trillo
A estos tres altos personajes se unían el Conserje, que dirigía las entradas y salidas de los bañistas; un sirviente que debía ser casado para que el matrimonio actuara, él de hospitalero y ella de enfermera, encargándose de la limpieza de los edificios, piscinas, etc. Además durante la temporada había cuatro bañeros y una bañera, que tenían por misión regular el uso de las aguas por parte de los veraneantes. Finalmente, existía la figura del Guarda de los Baños, que solía ser un soldado ya licenciado, casado y de buena conducta, que debía vivir en el Balneario durante todo el año. Las Ordenanzas dictadas por González Crespo eran en esta figura tan meticulosas, y nos le describen en su uniforme tan vivamente que parece que vamos a verle real de un momento a otro: El guarda para que sea conocido y respetado, usar de carabina corte, canana, cuchillo de monte al costado, chaqueta; pantalón y capote de paño pardo, con vueltas en las mangas y cuello de color carmesí, sombrero de hule con escarapela nacional, y una banda negra al pecho que tenga en la parte anterior un escudo ovalado de metal con las armas de la nación en el centro, y alrededor un letrero que diga: “Guarda de los baños de Trillo" Los caminos que llevaban a Trillo No todos los caminos, como a Roma, llevaban a Trillo. Desde Madrid había dos especialmente aconsejados. El primero de ellos, el que se usó desde un comienzo de la explotación de los baños, era incómodo y a trechos insufrible. Saliendo desde Madrid, atravesaba el río Jarama por el puente de Viveros, construido por Carlos III y hoy todavía en uso. Seguía por Los Hueros subiendo a Anchuelo y Santorcaz, El Pozo de Guadalajara, y bajando al valle del Tajuña por Aranzueque, Armuña, y luego subiendo por el San Andrés atravesando Romanones, lrueste y los Yélamos, para finalmente adentrarse en la Alcarria por Picazo, Henche y llegar a Solanillos del Extremo, desde donde por camino ancho se bajaba a Trillo. Era tan incómodo, especialmente en su trayecto final, que años después, y a instancias del alcalde de Brihuega, Gabriel Llanguas, se institucionalizó el trayecto que pasaba en su principal recorrido por el Camino Real de Aragón. Así lo describen las guías de la época: saliendo de Madrid por la recién construida puerta de Alcalá, se cruzaba a poco el arroyo Abroñigal por un puente, dejando a un lado la magnífica quinta del marqués de Villafranca. Después se pasaba por la Venta del Espíritu Santo y desde allí se llegaba enseguida a Canillejas. El río Jarama se cruzaba por el consabido puente de Viveros, y luego se seguía el trayecto que hoy lleva la Autovía de Aragón: Torrejón de Ardoz, cruzando el puente sobre el río Torote, Alcalá de Henares, Guadalajara, Taracena, Valdenoches y Torija, donde se desviaban los viajeros hacia Brihuega. Allí comían generalmente chocolate y se les agasajaba de manera especial. El alcalde y fuerzas vivas de Brihuega sabían ya lo que era el apoyo al turismo, aunque sólo fuera de paso. Desde el Tajuña se seguía por Malacuera y Solanillos del Extremo, y de allí, bajando el barranco de los Azares, se encontraba el camino con el río Cifuentes, y siguiéndole se arribaba fácilmente a Trillo. La distancia de Madrid a Trillo por este camino era de 21,5 leguas (unos 130 kilómetros). El recorrido en diligencia se hacía en unas dieciséis o diecisiete horas. A la ida se salía de Madrid a las 5 de la tarde, y tras una larga noche de viaje se llegaba a los baños sobre las 9-10 de la mañana. La vuelta desde Trillo se cumplía saliendo de allá a las cuatro de la madrugada, y alcanzando el destino en Madrid sobre las ocho de la tarde. El balneario de Trillo se divierte
Las largas horas que mediaban entre uno y otro baño, había que pasarlas como mejor se podía en aquel lugar. Se realizaban viajes a los alrededores, excursiones a pie o en carruajes que visitaban los Gárgoles y su fábrica de papel, Cifuentes y el nacimiento de su truchero río, Viena de Mondéjar y sus famosos cerros gemelos, etc. Se formaban grupos amistosos que charlaban, jugaban a las cartas o merendaban alegremente. Pero para mejor conocer las formas en que se entretenían los visitantes de los baños, tanto ricos como menesterosos, nos viene de perlas repasar un pequeño y viejo manuscrito existente en la Biblioteca Nacional titulado Las aguas de Trillo o Las aguas medicinales, pues de las dos maneras aparece en la portada, bajo la denominación general de sainete, y del que no figura autor ni año. El argumento de esta pieza es muy sencillo, y sin aspiración alguna, salvo la de entretener, pero nos sirva de catalejo cuyo aumento nos pone como en bandeja la visión, a través de los siglos, de lo que era el ambiente de un verano cualquiera en aquel lugar. Un marqués, ya viejo y artrítico, se marcha a los baños de Trillo para buscar mocitas y burlarlas. Se encapricha de la hija del médico del balneario; le propone al padre su casamiento con ella. El padre acepta, y la chica, sin poder protestar, firma un papel en el que dice querer casarse con Jorge Pedro Ximénez Valdepeñas y Peralta, nombre del marqués... y de su hijo, con quien resulta estar ya casada la niña y así legalizar su boda secreta, ante la burla y desesperación del marqués viejete. De varios detalles del sainete sacamos algunos apuntes del ambiente que allí existía: era la principal excusa el tornar las aguas, por baño externo y también bebidas, pero lo que más gustaba a los viajeros era andar todo el día de diversión. Dice así uno de los protagonistas: Aquí [en Trillo] se vive con libertad, y se trata en dando un poco de tiempo a cuidar la quebrantada salud, lo demás del día al obsequio de las Damas, al juego, música y bailes. ¡Oh, qué‚ bien me aconsejaban los Médicos que viniera aquí a beber las aguas!. Claro es que, tras de tanta diversión y bullanga, las afecciones se recuperaban muy lenta y dificultosamente, quedando de ese modo un poco en entredicho la fama de las aguas y los médicos. Dice así Ruano, el galeno del sainete: ¿Habrá manías más endiabladas que las de estas gentes? ¡Todo el día de bailes, guitarras, juego, cenas, merendonas, y luego a las pobres aguas y al Doctor desacreditan!. Incluso algunas señoras venían a los baños con otros intereses además de los meramente medicinales o de pasatiempo. Dice otro personaje del sainete, refiriéndose a una viajera adinerada que llega a Trillo: Ya sé que usted viene a caza de cortejos o maridos a los baños... Y luego el otro aspecto, el de los que sólo pensaban en matar el tiempo con su vicio favorito: Hay otro Indiano muy ruin, pero jugador de taba, de parar, flor y otros juegos en que breve se despacha. Vidas vacías, nombres perdidos. Tal vez la música que allí gastaban sea lo único poético que de su recuerdo brota; en el sainete aparece un momento un quinteto a dos voces, a dos flautas, y bajo, y luego sale una ronda de majos y majas con guitarras. Un pintoresco cuadro, en suma, en el que se funde el reír intrascendente con los quejidos de los gotosos: ¡Qué bella estará una contradanza de reumatismos y flatos, con fluxiones y con asmas! dice uno de los protagonistas. Y retrata en dos líneas el ambiente de los baños de Carlos III en el Trillo del siglo XVIII. Aunque también la piedad cristiana se hacía presente en esas horas que mediaban entre el baño y la toma del agua: ya en 1745 se fundó la "Cofradía y Esclavitud de la Concepción de Nuestra Señora de la villa de Trillo" por los bañistas concurrentes a dicha villa. Por entonces no estaban aún "descubiertos" los baños por el elemento oficial de la nación, pero de todos modos acudían allí nobles y gentes adineradas. El conde de Alares y del Villar fue el primer presidente de la Cofradía, y sus constituciones las escribió don Plácido Barco López, siendo aprobadas enseguida por el Vicario seguntino y publicadas luego en 1794, cuando el balneario se hallaba en su mejor momento de esplendor. El número de hermanos de la Cofradía se limitaba a 40, y con todo era muy difícil entrar en ella. Jovellanos en Trillo En 1798 llegó a Trillo don Gaspar Melchor de Jovellanos, uno de los más altos y preclaros políticos que ha tenido la historia de España. Le acompañó su alumno Juan de Arce y Morís. Andaba ya por entonces algo fastidiado, y quiso llegarse a la villa alcarceña al intento de mejorarse. Tenía problemas en la vista, falta de fuerzas en una mano, y alteraciones digestivas con estreñimiento pertinaz. Allí se alojó en la casa de don Narciso Carrasco, prebendado de Sigüenza y amigo suyo. La vida de Jovellanos en los baños de Trillo fue de lo más austera: se levantaba entre las 6 y las 7 de la mañana, y se iba en ayunas a las fuentes, a beber el agua termal. Sólo utilizó las salutíferas corrientes en forma de bebida, pues nunca llegó a bañarse en ellas. Utilizaba, según él mismo nos relata, los vasos "de cortadillo" de La Granja, de un cristal exquisito. La mayoría de los días las bebía en su casa de Trillo. Luego paseaba por las frondosas alamedas del Balneario y en los alrededores del pueblo. Después, a tomar chocolate, y ya el resto del día lo ocupaba en leer, meditar y charlar con sus amistades. Uno de ellos era el doctor don Manuel Gil, médico de Cifuentes. Otra, la misteriosa madama Vera (doña María Josefa Jover, murciana), hacia la que dirigió una admiración profunda, casi amorosa. También departía con el barón viudo de Les y con el Capellán de Honor, Monseñor Pantoja.Todos ellos veraneantes en busca de la salud perdida. Jovellanos se fue a Madrid pasado el verano, manifestando él mismo su recuperación, y afirmando en sus "Memorias" que los días pasados en aquel lugar idílico habían de contarse, sin duda, entre los más felices de su vida. Descripción de los baños
Según se entraba al valle de las termas, desde el camino procedente de Trillo por la orilla izquierda del Tajo, se encontraba el viajero como primer edificio el baño de la Princesa, una pequeña casa dentro de la que surgía el manantial que daba agua a dos baños o pilas. Desde aquí, que era hasta donde llegaban los coches y carruajes trayendo viajeros y bañistas, se iniciaba un frondoso paseo o salón muy bien arbolado y amueblado con abundantes bancos de piedra. Venían luego los baños del Rey, otro edificio junto al cual surgía la fuente del Rey, y en la misma orilla del río la llamada fuente del Director. En ese edificio de los baños del Rey había seis pequeñas piscinas, con asientos en sus bordes. El nacimiento del manantial se encontraba bajo una losa puesta ante la puerta principal, en la que se veía tallado en bajo relieve un busto de Carlos III y la fecha de 1777. Sobre el dintel de esa misma entrada principal, y dentro de una hornacina, había una pequeña escultura de la Virgen de la Concepción. Siguiendo el camino junto al río, y siempre escoltados de una frondosidad densa y agradable, se llegaba a los baños del Príncipe, que estaban destinados a los militares y a los baños de la Reina. Estos dos edificios se fundieron, años adelante, en uno solo, pues estaban muy juntos. Más allá se alcanzaban los baños del Obispo, que tenían tallados sobre la puerta un escudo de armas del Obispo Vejarano. Este edificio se denominó luego "casa del Príncipe" y en un segundo piso que se construyó se pusieron habitaciones. Detrás de las construcciones hasta aquí referidas, aparecía un amplio plazal, despejado pero siempre escoltado de grandes árboles, en cuyo suelo tapizado de grandes losas entre las que crecía la hierba surgían varios manantiales recogidos en pequeños recipientes de piedra que lanzaban rumorosas sus aguas por estrechos canales hasta el río. Esta plazoleta todavía puede verse hoy en día, en romántica y evocadora ruina. En la parte más alta del terreno sobre la cuesta, aparecía la Casa de Beneficencia, gran edificio que contenía salas para enfermos, casas para el hospedero, la enfermera, el director y una capilla en cuyo altar se veneraba un cuadro al óleo con la representación de la que a mediados del siglo XIX era tenida por patrona de los baños: la Virgen de la Salud. Camino adelante, y en la misma orilla del río, se encontraba el baño de la Condesa, cuyas aguas manantiales se mezclaban, para su acción terapéutica, con las del Tajo. En su edificio había una sola pila. Y ya bastante más arriba, y como final de trayecto de este valle termal, surgía el baño o fuente de la Leprosa, cuyas aguas tenían la comprobada virtud de curar enfermedades graves de la piel. En definitiva, las líneas que preceden a éstas han querido ser breves y sencillas relatoras de lo que fueron, durante muchos años y en siglos pasados, las alegrías y tristezas de los Baños de Trillo, ese lugar que sin hipérbole alguna podernos calificar de paradisiaco, benéfico y merecedor de una atención social y política que sin duda reportar beneficios de muy diversos tipo tanto a los vecinos del lugar como a los visitantes que hasta él llegaran. Esa panacea universal que sus aguas comportan (Trillo todo lo cura, menos gálico y locura), podrían ser, otra vez rediviva, uno de los más interesantes recursos turísticos y sanitarios de nuestra comarca alcarreña. Antonio Herrera Casado Texto publicado en el libro "Encuentros
Culturales. 1992"
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