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Brihuega no fue sede importante de población hasta la Edad Media. Pero su antigüedad en el tiempo es mucho mayor. Aunque ningún testimonio escrito nos dé fe absoluta de su existencia en los antiguos tiempos de la prehistoria, podemos afirmar, gracias a los restos arqueológicos aparecidos en la vega del Tajuña, que por allí existió poblado en los siglos anteriores a la llegada romana. Una necrópolis de tipo celtibérico fue excavada a principios de siglo, y aún hoy se hallan muestras dispersas de cerámica ordinaria por varios lugares que rodean el caserío. Su nombre actual parece derivar del vocablo briga, muy utilizado en la toponimia de origen ibérico, y que viene a significar "lugar fuerte y amurallado". Posteriormente fue denominado este lugar Castrum Brioca, quizás corno herencia compartida de la época autóctona y la dominación romana, pero es con ese nombre que aparece en los documentos medievales. Poco antes de la reconquista de Toledo, en 1071, el príncipe Alfonso de Castilla, huido de la corte de su padre y acogido a la amabilidad de Al-Mamún, el rey moro de Toledo, introducía a Brihuega en la historia de una manera definitiva y veraz. En la umbrosa región del Tajuña vivió Alfonso VI de Castilla, antes de ser elevado al trono, algunos meses. Al Mamún le entregó la zona para que la habitara en compañía de los nobles, monteros y ballesteros que con él huyeron de Sancho de León, su hermano, y con los mozárabes toledanos y cordobeses que desde antes de la conquista mora tenían allí su habitáculo. Lugar ideal para la caza y el recogimiento, Alfonso VI permaneció durante nueve meses en el castillo de la Peña Bermeja y de allí partió nuevamente a Castilla cristiana, desde cuyo trono culminó una de las campañas más victoriosas de la Reconquista, tomando hacia 1085 las ciudades de Toledo, Madrid, Guadalajara y Talavera, así como la propia Brihuega, que desde años antes consideraba suya. El rey Alfonso donó entera la villa de Brihuega, en documento fechado el 15 de enero de 1086, a la mitra primada de España. El primer arzobispo que poseyó Brihuega fue don Juan, quien formó un feudo en el que se incluían lugares de relieve, como Illescas, Alcalá de Henares y Talavera. Quizás el más importante de los señores briocenses fue don Rodrigo Ximénez de Rada, aquel gran política e historiador que tanto ayudó al engradecimiento de Castilla durante los reinados de Alfonso VIII y Fernando III. A él se debe la erección de los más importantes monumentos religiosos de Brihuega, como las iglesias de San Felipe y Santa María, pudiendo añadir a la lista de sus iniciativas la de culminar el ya reconstruido castillo briocense con una capilla de corte gótico en la que tantas veces él mismo habría de celebrar los oficios religiosos. En la fortaleza alcarreña pasó largas temporadas don Rodrigo, entre los años 1224 y 1239, escribiendo en ella muy probablemente algunas de sus importantes obras históricas. El fue quien redactó y otorgó el conocido Fuero de Brihuega para sus habitantes, y consiguió del rey Enrique I, en 1215, un privilegio para celebrar feria por San Pedro y San Pablo, cada año. Menudearon las visitas reales al castillo de la Peña Bermeja, tanto de Alfonso VIII corno de Fernando III y de su hijo el Rey Sabio, y en 1258 llegó a tanto la importancia de la villa, que sirvió de sede para clausurar uno de los concilios toledanos que convocara el año antes el arzobispo-infante don Sancho. Esta importancia social que adquirió Brihuega durante los siglos de la Baja Edad Media, principalmente entre la duodécima y decimocuarta centurias, fue debida en parte a la conjunción de razas y religiones que en ella tuvo solar, con el consiguiente florecimiento económico y cultural. En el Fuero que Ximénez de Rada concede a la villa, se lee así: "Todos los omes que moraren en Brihuega o en su término, xristianos et judíos et moros todos ayan fuero". Unos y otros levantaron sus iglesias, mezquitas y sinagogas, quedando aún relevantes vestigios de esta mezcolanza, pues entre las primeras sobreviven las de Santa María, San Miguel y San Felipe, quedando aún restos de la de San Juan, y el recuerdo del templo hebreo en la calle de la Sinagoga. Durante el resto de la Edad Media,
poco más de interés habría de ocupar la vida de Brihuega:
siguieron viniendo los arzobispos toledanos a pasar el verano en su castillo,
arrastrando con ellos en múltiples ocasiones la presencia de los
monarcas castellanos, a quienes en tantos trances aconsejaban. Figuras
tan principales como don Gil de Albornoz, don Pedro Tenorio y don Francisco
Jiménez de Cisneros, honraron a la villa con su estancia. A su calor
fueron llegando canónigos y otros altos personajes de la región
castellana, que se construyeron casonas recias de las que aún sobrevive
algún ejemplo. Uno de los grandes señores de Brihuega y su
Peña Bermeja fue el cardenal don Juan de Tavera, a quien se debe
toda la obra renacentista de la iglesia de Santa María de la Peña.
El despostismo ilustrado de los Borbones dejó en esta villa un ejemplo de lo que entendían por resurgimiento económico de su pueblo. La industria lanera local, que comenzara tímidamente en el siglo XVI, se vio notablemente impulsada al fin de la Guerra de Sucesión. Como sucursal de la fábrica de Guadalajara que creara el barón de Riperdá, nació la industria briocense, que vio levantar su magnífico edificio, en lo más alto del pueblo, a instancias del marqués de la Ensenada, ministro de Fernando VI. Aún el rey Carlos III se ocupó de alentar esta fábrica, que llegó a gozar de merecida fama en todo el país. Paños, bayetas, y mantones de los más variados colores salían de las anchas naves. Afuera, al sol, los versallescos jardines ponían su punto de romanticismo al entorno. De las antiguas industrias briocenses, aún es obligado recordar cómo las de la abarquería, el chocolate y el papel de Cívica intentaron lanzar a la villa al puesto y categoría que por la laboriosidad de sus habitantes le correspondía. Hoy, todo ello no son más que recuerdos. La guerra de la Independencia contra las tropas de Napoleón dio nuevamente pie para que luciera el valor y la tenacidad de los brihuegos. Un guerrillero notable, el herrero Francisco Pareja, puso en dificultades a los franceses, siendo ayudado en ocasiones por el célebre Empecinado. Aún en enero de 1823 vivió
Brihuega una de sus más duras jornadas, al tener lugar entre sus
muros una dura batalla entre las tropas del general Bessiéres, que
representaba al absolutismo, y las constitucionales del Empecinado y O'Daly,
que salieron desbaratadas. Una última batalla, también triste
y destructora, como todas las anteriores, tuvo lugar en Brihuega en el
transcurso de la Guerra Civil última. Fuerzas italianas de Enrico
Francisci la ocuparon, en 10 de marzo de 1937 siendo desalojadas ocho días
después por las republicanas de Cipriano Mera y Enrique Listar,
en cuyo poder se mantuvo la villa hasta muy poco antes del 1.º de
abril de 1939.
Es, al mismo tiempo, un centro de continua atracción turística, al estar en la ruta que lleva a todos los caminos de la Alcarria, presidiendo el largo y magnífico valle del río Tajuña, vena principal del paisaje alcarreño. EL ARTE
El castillo, que andando el tiempo
se dio en llamar de la Peña Bermeja, por asentar en su parte meridional
sobre enriscado y rojizo saliente rocoso, estaba separado en su límite
norte del resto de la población por un hondo foso que poco a poco
se ha ido cubriendo. Se conserva casi íntegro su recinto murado,
constituyendo el antiguo patio exterior lo que hoy es el Prado de Santa
María. Este se rodea de muralla al norte y oeste. En
ella se abre, entre dos fuertes torres, la puerta de Santa María,
o del juego de pelota y posteriormente se perforó, hacia saliente,
con la que hoy se conoce como puerta de la Guía, por la que se accede
desde la villa hasta este lugar de extraordinaria belleza que constituye
uno de los rincones más apacibles y evocadores de toda la provincia.
Desde el recinto exterior se llegaba, y aún se conserva esta puerta,
al castillo propiamente dicho, que hoy está convertido en cementerio.
Un amplio albácar o patio de armas, tapizado ya de blancos mausoleos,
y de tristes cipreses, se extendía al pie del edificio en que, en
torno a un pequeño patio de honor se levantaban las dependencias
del palacio-fortaleza. Estas habitaciones, cubiertas de cúpulas
nervadas, son hoy capillas mortuorias. En su banda norte, el castillo
poseía una gran sala abovedada, en la que hoy se encuentra la capilla
de la Vera Cruz, y la parte más interesante de todo el edificio,
la capilla del castillo, construida en un sencillo y elegante estilo gótico
en la primera mitad del siglo XIII, a instancias del arzobispo toledano
don Rodrigo Ximénez de Rada, dueño y señor de la villa.
Pero hombre, al mismo tiempo, que estudia y viaja por Europa (Bolonia, Roma, París ... ) y de allí va tomando y gustando los caracteres nuevos del quehacer gótico. Nórdico es, sin precedentes en Castilla, el estilo de esta capilla del castillo de Brihuega. Es de una sola nave, con tramo anterior cuadrado, breve presbítero y semicircular ábside. La bóveda es de medio punto, recorrida por nervaturas que arrancan de los capiteles, finamente labrados con motivos vegetales, en que terminan las columnas adosadas. Tres ventanales semicirculares se abren dando luz al recinto. Y plenamente mudéjar, meridional por tanto, es la decoración pictórica de sus muros, que aún en parte se conserva, consistente en una complicada tracería de polígonos estrellados, de color vinoso sobre el fondo claro, entre las que aún se encuentran algunas figuras zoomórficas. Esta conjunción de arte gótico y mudéjar hace muy interesante la capilla del castillo briocense, que al exterior se marca en cilíndrico torreón, horadado por las ventanas semicirculares y que es de los aspectos m s característicos de la villa. Continuando en el recinto del Prado de Santa María, podemos admirar otro edificio notable, la iglesia parroquias de Santa María de la Peña, uno de los cuatro templos cristianos que tuvo Brihuega y que fue construido, también en la primera mitad del siglo XIII, a instancias del arzobispo Ximénez de Rada. Su puerta principal está orientada al norte, cobijada por atrio porticado. Se trata de un gran portón gótico, escoltado por columnillas adosadas, que rematan en capiteles ornados con hojas de acento y alguna escena mariana, como es una ruda Anunciación. De ellos parten arquivoltas apuntadas recorridas por puntas de diamante y decoración vegetal. El tímpano se forma con dos arcos también góticos que cargan sobre un parteluz imaginario y entre ellos un rosetón en el que se inscriben cuatro círculos. La puerta occidental, a los pies del templo, fue restaurada en el siglo XVI por el cardenal Tavera, cuyo escudo la remata. El interior es de gran belleza y puro sabor medieval. Los muros de piedra descubierta de sus tres naves comportan una tenue luminosidad grisácea que transportan a la edad en que fue construido el templo. El tramo central es más alto que los laterales, estando separados unos de otros por robustas pilastras que se coronan con varios conjuntos de capiteles en los que sorprenden sus motivos iconográficos, plenos de escenas medievales, religiosas y mitológicas. Las techumbres se adornan con nervaturas góticas. Sobre la entrada a la primera capilla lateral de la nave del Evangelio, una gran ventana gótica se muestra. En el siglo XVI, el cardenal Tavera modificó el templo colocando a sus pies un coro alto, que se sostiene sobre valiente arco escarzano, en el que medallones, escudo y balaustrada pregonan lo radicalmente distinto del arte plateresco con respecto al romántico.
Tres conventos hubo en Brihuega, de los que muy poca cosa resta de Interés. El de monjas bernardas, con el título de Santa Ana, lo fundó don Juan de Molina en 1615. Su Iglesia y edificio no ofrecía nada de notable y fue derruido por completo hace pocos años, trasladándose la comunidad a un nuevo cenobio construido en las afueras del pueblo. Del convento de monjas jerónimas, ya deshabitado, por haberse dispersado las religiosas por otros lugares de la provincia, sólo queda el grande o inexpresivo edificio de su iglesia, de una sola nave, en la que nada de interés se contiene. Es fundación de cuatro alcurniadas damas de Guadalajara, quienes en 1564 se retiraron a la villa alcarreña, a hacer vida recogida, uniéndose a esta comunidad posteriormente la de religiosas jerónimas de Guadalajara. Y casi ni el recuerdo queda del convento de franciscanos de San José que fundó don Juan de Molina, hacia 1619, en unos edificios anejos a la muralla, en el Prado de Santa María. Lo habitaron frailes de la reforma hecha por San Pedro de Alcántara y vieron en él varones de probada santidad y muchas letras. En su edificio se instaló, en 1835, el hospital de la villa, que anteriormente había estado en San Simón. Hoy está desocupado. De la vida civil aún quedan algunos vestigios gloriosos e interesantes, petrificados singularmente en varios escudos repartidos por antiguas casonas. En la calle de las Armas queda una portada barroca, con los blasones de los Gómez. En otra casa de la calle Cozagón alta aparece un escudo con los emblemas del Santo Oficio, perteneciente a algún clérigo que, en siglos posteriores, ocuparía el cargo de familiar de esta Institución en la villa alcarreña. Aún puede verse otro escudo nobiliario en un edificio de la Plaza del Coso. En esta plaza, de indudable atractivo popular, presidida por el edificio del Ayuntamiento que ha sido hace pocos años reformado y levantado de nueva planta, sustituyendo al antiguo que en el siglo XVIII trazara Ventura Rodríguez, también puede admirarse el frío y monolítico edificio de la Cárcel, que se levantó en el reinado de Carlos III y se restauró para ser convertido en Casa de la Cultura. Dos monumentos fuertes completan esta plaza. Otro lugar curioso de Brihuega es la fuente Blanquina o de los doce caños, que viene a constituir el símbolo de la abundancia acuática de la villa, que suena a vergel en multitud de puntos por donde mana el agua. El edificio de la fábrica de paños, puesta en marcha como filial de la de Guadalajara, y terminado por completo en 1787, bajo el reinado de Carlos III, se aparece al viajero, con su curiosa geometría circular, desde cualquier punto que por primera vez se la observe. La entrada principal, situada al norte, es de piedra gris dispuesta en severos módulos neoclásicos. Un gran zaguán y un pequeño patio alargado forman la introducción del gran edificio. Su cuerpo principal, la rotonda, son hoy vacías estancias donde aún parece resonar el fragor de aquellos 84 telares de paño para los que un millar de operarios trabajaban afanosos cada día. Orientados al sur del edificio y sobre una amplia terraza con magníficas vistas al valle del Tajuña, se encuentran los jardines de la fábrica, montados en ‚poca posterior según el gusto versallesco. Textos del libro:
Texto publicado en el libro "Encuentros Culturales. 1991" |